Calma, nenita: Una tarde mirando hacia el presente

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De pronto la puerta se abrió.

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Del otro lado surgió un oscuro pasillo. Al fondo, una figura con traje talar le invitó a pasar haciéndole señales con su mano huesuda.

La figura comenzó a acercarse hasta que por fin pudo distinguir su verdadero rostro. Pero desde hacía rato, sentía que alguien seguía sus pasos. Aceleró el paso, la presencia también. Su corazón latía a un ritmo frenético. Comenzó a correr, ahora sentía que la tenía casi en la nuca. No sabía dónde meterse, ya no le daba tiempo para llegar a casa.

No había nada que hacer, estaba perdida. Clavé mi mirada en ella, sin poder apartar la vista de los blancos nudillos que, con su monótono golpeteo, conseguía despertar en mí una claustrofóbica sensación. El lejano retumbar de un trueno hizo que despertase de mi pesadilla. Me tranquilicé, solo había sido un sueño. Volveré noche tras noche, en los días de tormenta.

Veo lucecitas y me duele la cabeza si trato de fijar la vista. Me recomendaron que fuera al médico. Al final he ido al oftalmólogo. Dice que sólo necesito gafas, que no me preocupe. Pero esta noche, antes de acostarme, vi como una de esas sombras me hacía gestos desde los pies de la cama.

La pata de la raposa, by Ramón Pérez de Ayala—A Project Gutenberg eBook

Me llamaba por mi nombre. Oigo la respiración, la noto cerca, mi piel se eriza, no soy capaz de hablar. Ni porqué. Solo sé que no me dejan dormir, gimen y se arrastran hasta mi camastro y me miran con el agujero negro de sus pupilas y ríen, desdentadas. Una era Claudia y la otra, Erika, mis hijas amadas…aquí en el hospicio, las extraño. Pero la sangre de sus cuellos me salpica todavía y las sombras de sus cuerpos, aunque abrigadas, me asfixian. Hacia las ocho, poco antes de cerrar, entró Claudia. Marco cerró la puerta tras ella y se dispuso a atender su petición.

Doña Claudia se desnudó dejando ver su carne putrefacta, la negrura de algunas zonas de su cuerpo supuraba un liquido viscoso y un hedor nauseabundo invadió la habitación. El chico reconoció la muerte mientras gritaba y doña Claudia engullía sus extremidades. El corazón dejó de latir y Claudia recuperó su catorce. Uno soy yo. El otro también soy yo. Estoy luchando a vida o muerte contra mí mismo.

No puedo aplazarlo.

LA PATA DE LA RAPOSA

Aprieto el gatillo y el espejo se salpica de sangre. Yo es un hombre muerto. Otro grito de dolor. A su polla le da igual desgarrar el coño de otra chica que solo quiere llegar a casa. De hecho, le apasiona destrozarlas bajo la lluvia, la sangre se limpia mejor. Pero la lluvia silencia los gritos y quedan atrapados para siempre en aquel callejón.

Pobres, siempre caen en su trampa. Vio la espalda y las nalgas de la mujer, inclinada sobre el borde de la cama. Un gruñido de impaciencia y satisfacción respondió desde el rincón opaco junto a la mesilla de noche. Ya falta poco —dijo la mujer. El hombre no supo si ella se refería a él o no, pero deseó y temió ambas cosas. La había vuelto a ver, con su vestido gris y ese tatuaje en el cuello.

Eran las h, justo la hora que marcaba su reloj tatuado en el cuello. Estoy sola en todo el edificio pero hace tiempo que perdí el miedo a pesar de algunas experiencias inquietantes y la leyenda urbana que corre por la empresa sobre el espectro del monje.

Giro bruscamente y veo esa sombra intangible que viene hacia mí. Hay algo que me traba. Siento terror.

Mi mascota

Con la mirada vacía y movimientos espasmódicos, se relame al verme dormida y sonríe sin sonreír. Se desliza sobre mi cuerpo olisqueando cada centímetro de mi piel y restriega su cara con la mía de un modo imperceptible. Noté algo peludo rozando mis pies descalzos. Se trataba de una rata que solía salir de su escondite para buscar comida.

PARTE PRIMERA

Gemí de dolor cuando sus dientes se enterraron en mi carne. Tenía los pies tan llenos de heridas que la sangre los había teñido de rojo. Escuché unos pasos y después un plato con un puré podrido asomó por la rejilla. Dentro parecía flotar un dedo humano. Antes de abrir, miré por la ventana y lo vi, sentado en la vereda.

Intenté abrirla, pero estaba atrancada. Entonces, la cortina de la pequeña ventana se corrió y un rostro apareció observando hacia afuera. Era yo, con el cabello encrespado, y un famélico gato negro, gruñendo en sus-mis brazos. De repente, un escalofrío recorrió su espina dorsal y puso a galopar su corazón a mil por hora: alguien o algo, estaba golpeando en su ventana de un sexto piso en la calle Fuencarral.


  • PARTE SEGUNDA!
  • La tarde de los paraguas - Relato del Presente?
  • El pueblo de las cabras!
  • Paola: O el Renacer del Mar.
  • Transcript.
  • UNC Parte II: Amrod.
  • El Niño de Guzmán (Versión para imprimir).

Al parecer, las leyendas eran ciertas: no vivía sola. Con la neblina a tope y con la visión entorpecida logró ver un un destello intenso, viró el auto a la izquierda para seguir aquel destello y se iba internando en un tétrico panorama. La muerte le dio un paseo por la oscuridad de los misterios. Ahora tendría que resistir las ganas de vomitar y a la necesidad de paladear la sangre escarlata de Emma. Durante la tensa comida ella no apartó sus negras pupilas de mí. Su olor me estremecía. Tenía un toco que asusta. No atiende a la espera; pregunto quién es y lo peor es que contesta.

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