El Chancellor (Diario del pasajero J.R. Kazallon)

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El Chancellor corre amuras a babor con sus velas bajas, sus gavias y juanetes, y marcha admirablemente por el mar, cuyas olas son agitadas por una brisa fresca y suave. Su celeridad, muy grande en este momento, no debe ser inferior a once millas por hora. Los Letourneur, padre e hijo, no tardan en presentarse en el puente.

El Chancellor : diario del Pasajero J. R. Kazallon : episodio marítimo

Ayudo al joven, que aspira con placer el aire de la mañana, tan vivificador y tan cargado de perfumes marinos, a subir a la toldilla. Les pregunto si no les ha despertado durante la noche un ruido de pasos que denotaban gran agitación a bordo. No, a mí no responde Andrés Letourneur; he dormido toda la noche de un tirón. No, señor Kazallon, pero no puede ser grave, puesto que no han llamado a ninguno de nosotros al puente.

El día debe ser hermoso, porque el sol, al salir, brilla con intensidad y el aire es bastante seco, lo cual es buen presagio.


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Como los Letourneur han bajado a tomar el té, me quedo solo en la toldilla, adonde espero al segundo del buque. A las ocho, Roberto Kurtis viene a hacer su cuarto, relevando al teniente Walter, y yo me apresuro a estrecharle la mano. Después examina el cielo y el velamen del buque. Después, Roberto Kurtis y Walter conversan en voz baja unos instantes. A una pregunta que el primero le dirige responde Walter negativamente. Envíeme usted al contramaestre, Walter dice Kurtis al separarse del teniente. El contramaestre no tarda en presentarse, y Roberto Kurtis le hace algunas preguntas a las que aquél responde en voz baja; pero moviendo la cabeza con displicencia.

Después, por orden del segundo, el contramaestre llama a la brigada de cuatro y les hace regar los encerados que cubren la escotilla mayor. Roberto Kurtis me mira con atención, y me da la callada por respuesta. Sí insisto, me ha despertado un ruido extraño, que también ha interrumpido el sueño del señor Letourneur. Nada, señor Kazallon responde Roberto Kurtis; un falso golpe de barra del timonel estuvo a punto de hacer tomar por avante al buque, y ha sido necesario bracear de improviso, lo que ha producido cierta agitación en el puente; pero en seguida se ha corregido el error y el Chancellor ha recobrado inmediatamente su rumbo.

Me parece que Roberto Kurtis, que siempre ha hablado con sinceridad, no dice la verdad en esta ocasión.

El Chancellor. Diario del pasajero J.R. Kazallon | Julio Verne

Continuamos navegando en las mismas condiciones; el viento, que sopla del Nordeste, se mantiene flojo, y para quien no esté prevenido parece que a bordo no ocurre nada anormal. Sin embargo, algo ocurre. Los marineros, con frecuencia agrupados, hablan entre sí, y, cuando se aproxima alguno de nosotros, guardan silencio. Muchas veces he cogido al vuelo la palabra escotilla, que ya ha chocado a Letourneur. Cada uno debe mirar por sí. Para algo se han inventado las chalupas. Siempre ha sido temible la mala voluntad de ciertos marineros, y es necesario imponerles una disciplina de hierro.

A veces, el segundo trata de animar la conversación, pero ésta vuelve a decaer en seguida, sin que el ingeniero Falsten ni Kear consigan reanimarla y mucho menos Ruby.

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De ordinario, esta operación sólo se hace por la mañana; pero, seguramente, se hace ahora así a causa de la elevación de la temperatura que sufrimos, pues hemos sido rechazados muy hacia el Sur. Los encerados que cubren las escotillas se encuentran en estado constante de humedad, y su tejido ha sido estrechado en forma de telas absolutamente impermeables. El Chancellor tiene bombas que facilitan este gran lavado.

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Indudablemente se conoce que estamos bajo los trópicos. Los marineros, con los pies desnudos, corren por aquella sabana límpida que forma espuma levantando pequeñas olas. Sin saber por qué, experimento deseos de imitarles, y, acto seguido, me descalzo e introduzco mis pies en aquella agua fresca del mar.

Entonces advierto, no sin gran sorpresa, que el puente del Chancellor abrasa y no puedo contener una exclamación.


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  • Roberto Kurtis. Los pasajeros se quejan como yo; pero no aciertan a comprender la causa de una temperatura tan extraordinaria. Roberto Kurtis, después de darme la noticia del incendio, enmudece, esperando, sin duda, que le interrogue; en el primer momento se ha apoderado de mí un temblor que me impide formular pregunta alguna. Desde hace seis días. Sí responde Roberto Kurtis, aquella noche que hubo tanta agitación en el puente del Chancellor.

    No había duda alguna, se habían incendiado las mercancías en la bodega y no se podía penetrar hasta el foco del siniestro. Confiaba en que con ello lograríamos sofocar ese principio de incendio, y durante los primeros días he creído que lo habíamos dominado efectivamente; pero desde hace tres días, por desgracia, se ha averiguado que el fuego, lejos de disminuir, progresa.

    De todos modos, es preferible que sepa usted estas cosas, señor Kazallon añadió Roberto Kurtis, y por eso se las digo. Yo no tengo la menor duda de que el incendio que ha estallado a bordo no tiene otra causa. No, señor Kazallon me responde, y repito a usted que hemos adoptado las precauciones que las circunstancias reclaman. Al principio, pensé abrir un boquete en la línea de flotación del buque para introducir cierta cantidad de agua que las bombas habrían agotado en seguida, pero, si el incendio, como parece, se ha propagado a las capas intermedias del cargamento, seria necesario anegar enteramente la bodega para llegar hasta el foco.

    Sin embargo, he hecho perforar el puente en ciertos sitios, y durante la noche se introduce agua por esas aberturas, aunque no es bastante. Verdaderamente sólo hay una cosa que hacer, que es lo que se hace siempre en semejantes casos, y es intentar sofocar el incendio cerrando toda salida exterior, para que se extinga por sí mismo por falta de oxígeno.

    Sí, y esto demuestra que el aire penetra en la bodega por alguna abertura que, a pesar de las investigaciones practicadas, no hemos descubierto. Sin duda alguna, señor Kazallon, y no es raro que lleguen a Liverpool o a El Havre buques cargados de algodón con parte del cargamento consumido por el incendio; pero, en estos casos, el fuego ha podido extinguirse, o, por lo menos, contenerse durante la travesía. Necesariamente existe alguna abertura, que no se ha logrado descubrir, y por la que penetra el aire exterior, con lo que se activa el incendio.

    Pero a usted no le ocultaré que he tomado bajo mi responsabilidad el cambio de rumbo, y que ahora corremos viento en popa hacia el Sudoeste, o lo que es lo mismo, hacia la costa. Por eso la tripulación tiene orden de no decir nada. Comprendiendo las razones graves que hacen proceder de este modo al segundo, le prometo solemnemente guardar absoluto silencio respecto a lo que me acaba de revelar. En estas condiciones prosigue navegando el Chancellor, con toda la lona que su arboladura puede soportar, desplegada.

    A veces los masteleros de juanete se doblan bajo el peso hasta el punto que parece que van a romperse; pero Kurtis vigila constantemente, y, situado cerca de la rueda del timón, no permite que el timonel maniobre por sí mismo. Ni aun siquiera esta maniobra ha llamado su atención, y la mayor parte de ellos, sentados en sus bancos, se dejan mecer por el balanceo del buque en estado de perfecta e ignorante tranquilidad. Roberto Kurtis me ha notificado la resolución adoptada. El progreso del incendio en el interior del buque es ya indiscutible, siendo difícil permanecer a proa. Adoptada esta resolución, el segundo no tiene que hacer sino mantener el rumbo que sigue desde hace veinticuatro horas.

    Ficcin clsica

    Al día siguiente, 21 de octubre, continuamos en la misma situación. Aquel día habría transcurrido sin incidente si la casualidad no me hubiera hecho oír algunas palabras de las que resulta que nuestra situación, ya gravísima, puede llegar a ser espantosa. Había yo tomado asiento en la toldilla junto a dos pasajeros que hablaban en voz baja sin sospechar que pudiera oírlos. Eran el ingeniero Falsten y el negociante Ruby, que solían conversar con frecuencia.

    Por el contrario, pueden ocurrir grandes desgracias repuso el ingeniero. Lo he hecho ya otras veces. Porque se habría negado a traer a bordo mi caja. Al oír esto, me pongo en pie, de un salto. Puesto que desconoce la situación del Chancellor, debe ignorar también que el cargamento es presa de las llamas.

    Pero sus palabras, palabras espantosas en las circunstancias actuales, me sobresaltaron de un modo extraordinario. La frase es picrato de potasa, que se repite con frecuencia en la conversación. Sí responde Falsten; una caja que contiene treinta libras. Al oír la respuesta de Falsten, experimento una sensación inexplicable. En la toldilla.

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