Libertad o Verdad Universal: Prótagoras. Gorgias. Sócrates. (ILUSTRADA). (FILOSOFÍA ANIMAL nº 6)

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Y es que afirma que, dado que así lo ordenó Zeus en el mito de Prometeo, todos los hombre son participes del sentido moral y la justicia. Y, a partir de esa premisa, justifica que en las asambleas ciudadanas la opinión de todos sea valida y tomada en cuenta democracia en cuestiones políticas. Luego, inmediatamente, afirma que la virtud moral y la justicia son enseñables.

Su argumento, empero, no es descabellado en sí mismo. Es decir, se puede pensar que el sentido moral es una facultad universal humana Y en eso no habría contradicción lógica. En donde su argumento es desproporcionado, es en la parte en la que justifica que todos los ciudadanos tienen derecho a participar en las asambleas y discusiones políticas.

Como si todos los ciudadanos gozaran de tan excelsa virtud. Eleva al ciudadano promedio al nivel del filósofo virtuoso y prudente: al de hombre sabio. Y si este fuera el caso, entonces, al menos en Atenas, nadie necesitaría de sus servicios y educación como sofista. Mas, luego, dice que es enseñable Y así lo hace.

De modo que Sócrates no parece estar buscando saber si la virtud es enseñable o no. Antes bien, parece que quiere escuchar cómo justifica su argumento el sofista extranjero. Y Platón quiere que todos lo escuchen Hermoso juego de palabras que no carece de cierto sabor a contradicción.

Mas no deja de ser una oscura paradoja. Y es que la filosofía es siempre un andar, un camino, un proceso La filosofía es dialéctica, afirma Platón. Y es histórica porque pertenece a esta realidad espacio-temporal. Es una historia que se esfuerza en interpretarse a sí misma constantemente. La filosofía es una dialéctica hermenéutica histórica. Y como tal, demanda el sentido hermenéutico analógico, esto es, la virtud.

El hombre, naturalmente. Pero, es capaz de ese virtuoso sentido analógico hermenéutico , del mismo modo en que es capaz del sentido moral.

0. Los presocráticos - Apuntes del profesor de Filosofía

Por medio del estudio de la filosofía. He aquí, desnuda, la paradoja de la filosofía. Misma que representa, metafóricamente, el mito de Prometeo y Hermes, como protagonistas de este drama dialéctico histórico. En otras palabras, explica que estas tienen meramente una utilidad y finalidad política y social: dd. No conforme, indaga y le pide que explique si acaso la justicia, el sentido moral, la sensatez, la piedad y la sabiduría, son una y la misma cosa que la virtud; o si, en cambio, estas virtudes son partes de la virtud.


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Como si ésta estuviera conformada por distintos elementos. Es decir, que algunos tienen unas, y otros tienen otras. O que si, por el contrario, inquiere Sócrates con aguda y ambigua astucia sofistica, quien participa de cierta virtud, es participe de todas las virtudes. Empieza, sin miedo, a hacer filosofía. Y Sócrates se mueve como pez en el agua. El juego es el siguiente. Cada interpretación, cada perspectiva, contradice a la otra. Y genera así una dialéctica de la negación; similar a la hegeliana.

Dos cosas quisiera, a este punto, señalar. Que, por un lado, Platón, como en una predicción del futuro, nos anticipa cómo ha de ser el proceso y desarrollo histórico de la filosofía basado en la negación de lo dado, de lo establecido, de lo aceptado, de lo conocido: la filosofía como el proceso histórico de la negación y la constante contradicción de los paradigmas y de los mismos procesos mentales.

Es una continua crítica autodestructiva, realizada en virtud del poder de la interpretación polisémica: la multivocidad hermenéutica. Pues, como el mismo Platón afirma, en éste se pone en juego la salud y la vida misma del alma ca. Mas, por otro lado, resulta temiblemente paradójico el percatarse que Platón crea todo un caos de ideas contradictorias, sabiendo anticipadamente hacia dónde se dirige con este juego dialéctico.

No es que él no sepa hacia dónde se dirige con toda esa controversia dialéctica por él mismo creada.


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Este recurso o método da la impresión psicológica al lector de que es uno mismo quien ha llegado a una conclusión o inferencia tras la lectura del texto. En términos hegelianos, y con la flexibilidad que nos permite la analogía, hay un espíritu subjetivo que avanza históricamente en pos de sí.

Esta pregunta queda sepultada en la ola gigante de palabras, argumentos y paradojas aplastantes que Platón nos hace pensar que Sócrates descarga sobre su interlocutor, mientras que, en realidad, la ola se alza por encima del lector Así, le pregunta en tono irónico si puede alguien justo ser impío, o si, por el contrario, puede un injusto ser piadoso. La respuesta inmediata parece estar del lado de Sócrates, si la razón no advierte la falacia implícita en semejante silogismo. Su falacia es el exceso de la univocidad en la interpretación de ambos conceptos.

Forza la analogía que, en efecto, hay entre ambos conceptos, para confundir dos virtudes distintas en una sola. Y es que, idealmente, en un plano abstracto, intelectual, racional y metafísico, resulta una paradoja afirmar que la justicia pueda ser impía, o viceversa. Pero, en la vida real, nadie es completamente justo ni completamente piadoso; ni lo contrario. Esta ruptura entre la virtud humana y la ideal, es un acto de imprudencia filosófica por parte de Platón-Sócrates.

El siguiente movimiento dialéctico es una obra maestra en el arte de la retórica en el que Platón brilla por su increíble habilidad literaria. Quien toma el control total del juego. Nos narra y profetiza, de manera discreta y oculta, el porvenir de la filosofía: la historia de la filosofía como la constante negación de la negación. La paradoja es la forma del método platónico y, por tanto, la primer solución al enigma. De modo que es Platón quien verdaderamente predica la prudencia analógica. De ahí que, en el desarrollo histórico de la filosofía, Hermes tiene que lidiar con la furia y peso de las dos cadenas que sujetan y hieren las muñecas de Prometeo: la fuerza apolínea y la dionisíaca.

El eslabón intermediario para sanar al hombre de las cadenas de la insensatez que es la condena prometéica, es la virtud y la prudencia, representada por el mitológico Hermes. Por eso Platón se enfoca y centra en este tema al dilucidar sobre la esencia de la filosofía.

Luego da un pequeño gran salto en el argumento al afirmar que el obrar sensatamente es obrar bien, correctamente: con rectitud. Una vez reconocido lo anterior, Sócrates redunda en el hecho de que a cada virtud le corresponde un contrario especifico. Menciona, para justificar su argumento, lo hermoso y lo feo, lo bueno y lo malo, lo agudo y lo grave Y entonces ataca con otra mordida letal. Nuevamente, en el momento preciso, Platón ciñe el cinturón de Sócrates y lo ajusta en una hermenéutica apretada y estrecha: cerrada y cuadrada: unívoca.

Su contraargumento es irónico y hasta parece rallar en la locura. La contradicción abruma cuando se sostiene esto, por un lado, y por otro, se afirma que, para cada virtud, solo hay un contrario. Tras este sofístico gancho al hígado, Platón coloca a Sócrates nuevamente en el terreno de la moral y la ética. Ademas, las preguntas de su interlocutor son ambiguas y engañosas: imprecisas. De modo que responde, con verdad, que lo bueno es relativo.

2.2 La polémica phýsis y nómos

Pues, hay cosas que pueden ser buenas para ciertas cosas u ocasiones, y malas nocivas, dañinas para otras distintas. La ironía y el sarcasmo esta vez sobre pasan los limites de lo racional. No puedo correr de prisa, y él puede correr despacio. Todo este teatro es parte de las astutas estrategias retóricas de los sofistas. Su intención es imponer sutilmente las condiciones del juego.

Entonces, Sócrates decide que no es necesario un moderador o presidente ajeno al combate dialéctico. Y, del mismo modo, puede preguntar a Sócrates lo que él quiera, si prefiere eso a contestarle. En otras palabras, sugiere la dialéctica mayéutica como forma de coloquio filosófico. Elige el campo de la poesía para criticar la contradicción en la que cae el gran poeta Simónides en cuanto a la virtud y el bien. Nuevamente, la contradicción y la ambigüedad del lenguaje son la sal y pimienta que sazonan el plato de la filosofía.

De modo que Sócrates decide sostener que no hay contradicción en el poema de Simónides Difícil es, por cierto, llegar a ser de verdad un hombre de bien, bien equilibrado de pies, de manos, de mente, forjado sin tara. Ni siquiera me parece ajustada la sentencia de Pítaco, aunque dicha por un mortal sabio: Difícil, dice, es ser un hombre digno. Simónides sostiene, primeramente, que es difícil llegar a ser un hombre de bien, y, luego, critica al sabio Pítaco, quien afirma que difícil es ser un hombre digno. Sin embargo, Sócrates no ataca por ahí. Y ahora brinca, de lo moral, a la esfera ontológica.

Pero, Platón, no desea aun terminar su obra literaria. Y, tal parece, ese es el punto de todo este extraño, gracioso y delicioso embrollo filosófico. De modo que, Platón, hace a Sócrates cambiar nuevamente el enfoque de la conversación. Sócrates se extiende en un largo monólogo en el que, de pronto, se atreve a decir que los sabios se expresan con brevilocuencia. Poco después, explica su propia comprensión del poema en debate. Nadie puede permanecer en tal beatitud por mucho tiempo.

Antes bien, es propio del hombre que se esmera en lograr la virtud, pronto caer en el error, en el mal obrar moral.

See a Problem?

Respuesta no tenemos. Y este es el juego que domina el Sócrates de Platón: La capacidad intelectual de probar y desmentir cualquier tesis o argumento, sea cual sea, por el puro poder argumentativo racional. El enigma sigue en pie frente a nosotros, como la terrible esfinge frente al desafortunado Edipo. Y Platón le hace sostenerse en su primer argumento. A saber, que la sabiduría, la sensatez, la justicia, la piedad y el valor, son partes que no una misma esencia y facultad b de una misma cosa: la virtud. Pero, hagamos una pausa.

Aristóteles

Como era de esperarse, Sócrates no se resiste a la tentación de jugar con las palabras para extraer distintas connotaciones y, luego, distintas conclusiones. En el valiente hay virtud; mientras que el intrépido no es virtuoso. No es de extrañarse, este era el estilo el método , precisamente, de la argumentación dialéctica. Y aborda de pronto su teoría ética: el intelectualismo moral Y, por el contrario, lo malo es aquello que nos nos acarrea la pena, el sufrimiento y la desgracia, esto es: el dolor.

Así como, del mismo modo, hay dolores y sufrimientos que, a posteriori, nos brindan ganancia, beneficio, salud, aprendizaje Al final, el criterio que juzga la moralidad de los actos, el sentimiento moral, es el mismo sentido hedónico.

Mientras que hay penas y dolores que, como lo expresa de manera explícita la encarnada pasión de Cristo y el ascetismo de los santos y anacoretas, son fuente de un bien-placer mayor.

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