Semilla Negra: El misterio de la extinción maya

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Sedna Y El Ultimo Hombre Milenario

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Eva de Naharon.

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Cada vez que se ha ido a una excavación, a una investigación, a lo que sea, ha quedado absorbido por ello. Y no es de los que comparte conjeturas o se deja arrastrar por el entusiasmo prematuro. Hiciera lo que hiciera en México, era algo privado, no tenía que ver con el museo. Ni a mí me dijo nada. Ni la menor pista. No sé, Esther. No tengo ni idea. La noche del 15 de septiembre de Su coche fue hallado aparcado en una cuneta.

Eso fue todo. Se peinó la zona, se rastrearon los alrededores, se emplearon todos los medios imaginables… Ni siquiera hubo pistas. Un misterio. Mi padre casi enloqueció. Pero de verdad, Esther. Quien la abandonó estaba loco. Pudo haber muerto. Fue un milagro. La abuela la encontró el 30 de noviembre por la tarde, milagrosamente bien. Ni tan siquiera lloraba.

Se la llevó al pueblo, la ocultó en su casa y eso fue todo. La tormenta tuvo lugar entre el 28 y el 29 de aquel noviembre de No sé -hizo un gesto explícito-. Su padre tenía entonces treinta y cinco años. Su madre sólo dieciocho, recién cumplidos. Corría el despunte del año Cuando el guapo antropólogo se marchó de las tierras de los huicholes, la belleza indígena que no era indígena se fue con él. Se casaron de inmediato. Toda su felicidad quedaría abortada con aquella inexplicable desaparición que los había sumido en el desconcierto.

Un loco de las culturas antiguas, estudioso, científico, antropólogo de vieja escuela…. De no haber sido por el trabajo, en el que se sumergió de lleno, se habría vuelto loco de verdad. Pero nunca, nunca perdió la esperanza de encontrarla, de recuperarla, de dar con una explicación por absurda que fuera. Ni tampoco continuaron hablando del tema, porque en ese momento escucharon el ruido de la puerta del piso al abrirse. Había llamado al móvil de su padre no menos de diez veces a lo largo de aquellas horas, desde la noticia de su desaparición.

Incluso a las tres de la madrugada, en uno de sus muchos sobresaltos producto del duermevela en el que se hallaba, se levantó de la cama tratando de no despertar a Esther para intentarlo de nuevo. El resultado había sido el mismo. El taxi la dejó frente a la puerta del edificio. La tarde anterior, al dirigirse a casa de Esther, no se había sentido con fuerzas de conducir.

Abonó la carrera y se dispuso a entrar envuelta en sus pensamientos. La silueta de Dimas se le apareció lo mismo que una furtiva sombra, y esta vez la asustó. El conserje le abrió la puerta de la calle y la precedió también hasta el ascensor, para comprobar que estuviese en el vestíbulo o reclamarlo en caso contrario. A veces Joa los odiaba. Estirados, pomposos, adinerados.

SEMILLA NEGRA ( El legado maya ) BOOKTRAILER GEORGE M. CHRISTOPHER

Una suerte de elegidos bendecidos por la fortuna. Aunque ella también estuviese en la misma categoría. Seguía doliéndole la fecha. Cuando su madre estaba allí era el primer día de las celebraciones.


  1. Marea roja: La familia de la izquierda argentina. Entre el Kirchnerismo, las nuevas luchas s!
  2. MI ACTITUD (CUENTOS DE J. COLÓN-RABINOWITZ nº 1).
  3. «Los mayas no hablaron del fin del mundo, sino de cambio de era»?

Su cumpleaños. Nunca viajaba con demasiado equipaje. Era experta pese a su juventud. Llevarse lo necesario era eso: llevarse lo necesario. El pasaporte lo tenía en su mesa de trabajo. Sus cosas no estaban ni mucho menos revueltas, pero sí parecían hallarse en posiciones distintas a como las recordaba, movidas imperceptiblemente. La posición de los libros, los compactos no perfectamente alineados, el contenido de los restantes cajones de su mesa o de su armario, la forma en que estaban colocadas sus prendas, íntimas o no.

Como si una mano sutil pero no invisible hubiera sobrevolado todo aquello. Enseguida se dirigió a la cocina, a por uno de los grandes cuchillos de la alacena. Con él en la mano inspeccionó el resto del piso. Lo primero, tranquilizarse: estaba sola. Lo segundo, confirmar la percepción de que alguien hubiera estado allí.

See a Problem?

Había indicios en el despacho de su padre, la habitación principal, la misma sala. No faltaba nada valioso, ni dinero, ni cualquiera de los escasos objetos de coleccionista conservados por su padre, ni las pocas, poquísimas joyas de su madre, siempre reacia a lujos externos. Fue al primer lugar lógico, la puerta del piso. El segundo lugar lógico era la terraza, aunque estando en un piso tan alto lo absurdo era imaginar una escalada desde la calle.

Y por el aire…. Su padre, el registro de lo que consideraba inviolable, la vulnerabilidad de su propio ser. Dejó la bolsa de viaje en el recibidor y bajó hasta el vestíbulo para buscar al conserje. Lo encontró regando el jardincito lateral con su habitual parsimonia, contemplativo aunque ojo avizor por si se presentaba alguno de los vecinos.

Joa apareció tan subrepticiamente tras él que logró sorprenderlo. Entre la llegada del conserje de noche y la marcha del de día, había una o dos horas muertas. Y lo mismo por la mañana, al retirarse el vigilante nocturno y llegar Dimas.

No quería añadir polémica al tema. No habían robado nada. Por segunda vez bajó en el ascensor. Sabía que tendría que despedirse de Dimas en cuanto la viera aparecer con la bolsa de viaje a pesar de haberle advertido de la coyuntura. Casi se alegró de verlo hablando con su vecina, la señora Amalia, la mujer que ocupaba la otra puerta de su rellano. Sus voces llegaron hasta ella mientras descendía la escalerita exterior fingiendo no haberse apercibido de su presencia. Así que el bolso de la señora Amalia no se había extraviado. Se lo habían robado con un objetivo. Los de primera tenían ocupantes, así que salió de la zona exclusiva y caminó por el pasillo rumbo a los de la mitad, en clase turista.

Ni siquiera recordaba el proceso previo a la subida al avión. Y allí estaba, rodeada por cuatro paredes, tres de las cuales daban al interior del aparato y una cuarta al exterior. Apenas unos centímetros de fuselaje la separaban del frío y el vacío situados al otro lado, a once mil metros de altura. Orinó sin atreverse a rozar la tapa protectora, de pie, suplicando para que el avión no atravesara otra inesperada turbulencia, y salió del servicio casi a escondidas, con la cabeza gacha, como si fuera invisible.

Si alguien la veía y entraba a continuación, creería que la sucia era ella. Alto, agraciado, veinticinco o veintiséis años, moreno, cabello un poco largo, de facciones intensas, mirada penetrante, cuerpo atlético. Estaba habituada a que se fijaran en ella, que la observaran y la repasaran casi inquisidoramente de arriba abajo, algunos con descaro. Para muchos resultaba turbadora, o eso decían.

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